... España, política y tertulianismo: anatomía de un ruido ...





Política, España, tertulia y cuñadismo - 

el mito doméstico de las dos Españas: 

la vida como bando 

la opiniología 

como 

liturgia civil



    En España lo político no entra en la vida como un tema. Entra como una atmósfera. No se sienta a la mesa. Ya está sentado antes de que lleguen los comensales. Flota en la sobremesa como un vapor que parece inevitable. Se cuela en la reunión familiar como si fuese un parentesco más, un cuñado abstracto que siempre tiene razón. Se pega al chiste, al apodo, al comentario de bar, a la mueca con la que uno cree estar diciendo una verdad profunda cuando solo está afinando su pertenencia. A veces alcanza incluso al arte, no como materia trágica sino como etiqueta, como coartada, como peaje. Y lo más extraño es que muchos lo viven como naturalidad, como si hablar de política fuese tan espontáneo como hablar del tiempo, sin darse cuenta de que en un país puede llover sin que todo sea meteorología, y en España a menudo parece que no se puede respirar sin convertir el aire en debate político.


Ese exceso tiene una paradoja de fondo. Se dice que la política lo es todo, porque se ha perdido el arte de que algo sea simplemente humano. Se dice que la política lo atraviesa todo, porque se ha debilitado la idea de un espacio común no partidista donde la gente pueda compartir sin declararse. Se cree que politizarlo todo es madurez, cuando muchas veces es una forma sofisticada de infantilismo, la necesidad de un árbitro permanente para evitar el vértigo de la singularidad. La política convertida en totalidad no es una ciencia del vivir, es una superstición de época, el mito moderno de que basta con colocar el mundo en un eje y de pronto la conciencia queda tranquila.


Hay países donde la conversación cotidiana tiende a lo práctico, a lo íntimo, a lo meteorológico, a lo que la vida pide hoy, y hay países donde la conversación tiende a lo simbólico, a la pertenencia, a la herida colectiva. España pertenece a este segundo tipo, con un añadido casi litúrgico, la necesidad de dramatizar la diferencia. No es solo que haya opinión, es que la opinión se vuelve sacramento. Uno no opina, uno se confiesa. Uno no discrepa, uno traiciona. Uno no matiza, uno se esconde. Y así el lenguaje político deja de ser una herramienta y se convierte en un detector de pureza, una máquina de clasificar almas, como si el sufragio fuese un bautismo y el tertuliano un sacerdote secular.


Esto no nace de la nada. Hay una historia larga de Estado vivido como amenaza y como botín, de poder sentido como algo ajeno que baja desde arriba, de alternancias que no se integran sino que se vengan. Hay un fondo de guerras civiles, de pronunciamientos, de banderías locales, de familia contra familia, de pueblo contra pueblo, de memoria que no se asimila y por tanto se repite. La repetición no siempre es consciente. A veces es hábito. A veces es humor. A veces es la facilidad con la que se pasa de hablar de un plato a hablar de una ideología, como si el plato fuese ya ideología y la ideología fuese ya plato. En España la política se pega a todo porque la comunidad se ha construido muchas veces alrededor de rupturas, y cuando una comunidad aprende a vivir en ruptura, acaba confundiendo la ruptura con la vida.


Hay además un rasgo antropológico que conviene decir sin insulto y sin romanticismo. España es un país de proximidad densa. La proximidad densa es calidez, mesa, abrazo, calle, familia, risa. También es vigilancia blanda, comparación constante, necesidad de posición, miedo a quedar fuera. En una proximidad densa el conflicto no es abstracto, el conflicto es personal. El adversario no es un concepto, es alguien que conoces o alguien que se parece demasiado a ti. Por eso la política española tiende a volverse fratricida. No porque los españoles sean más violentos por naturaleza, sino porque el conflicto, al ocurrir entre cercanos, adquiere un tono de traición íntima. Y la traición íntima es lo que más se recuerda, lo que más se comenta, lo que más se hereda.


Cuando se dice que España es tribal se suele pensar en atraso, y esa es una lectura cómoda y arrogante. Lo tribal no es prehistoria, es estructura de pertenencia. Es un modo de mantener comunidad en un mundo incierto, un modo de protegerse, un modo de sentir que uno existe en un nosotros. El problema es que cuando el nosotros se vuelve demasiado importante, el yo se vuelve sospechoso. La interioridad entonces tiene que justificarse. Y como justificarse cansa, uno termina sustituyendo el yo por una consigna. La consigna es más barata que la verdad, y sobre todo es más compartible. La consigna se puede repetir sin exponerse. La verdad, si es trágica, obliga a pagar.


Aquí aparece el mecanismo que en España se ha convertido en rutina, y que tanto irrita a quien no quiere vivir reducido a etiqueta. La oposición entre izquierda y derecha ya no actúa solo como oposición política. Actúa como oposición morfológica, como oposición de estilos, de gustos, de acentos morales, de hábitos sociales. Uno no solo vota, uno se viste, uno se ríe, uno elige sus lecturas, uno elige sus indignaciones, uno elige incluso su manera de mirar un toro o un museo, como si la cultura fuera un uniforme. Esto tiene una ventaja inmediata, simplifica el mundo y permite encontrar tribu rápido. También tiene un precio alto, convierte la cultura en campo de batalla, y convierte la vida cotidiana en una aduana donde cada gesto paga arancel.


Por eso las tertulias funcionan como funcionan. No informan, liturgizan. No discuten, reparten pertenencia. Y como la pertenencia necesita repetición, la rueda nunca se detiene. Aparecen siempre nuevas corruptelas, nuevas filtraciones, nuevas miserias, y cada bando las usa para confirmar lo que ya sabía. La corrupción no produce pensamiento, produce combustible. No produce reforma, produce relato. Y como el relato ya estaba escrito, cada escándalo se vive como una escena más de una serie infinita. España se cansa de la política y al mismo tiempo no puede dejar de consumirla, como quien se queja de un vicio y lo defiende con la misma boca.


Hay un punto donde esto se vuelve casi cómico, y por eso mismo trágico. La política promete realidad, pero ofrece espectáculo. Promete gravedad, pero genera adicción a la indignación. Promete justicia, pero premia al que grita. Promete ciudadanía, pero fabrica hinchadas. Y la hinchada es un animal curioso, necesita enemigo para sentirse viva. Cuando no hay enemigo, lo inventa. Si el enemigo se debilita, lo exagera. Si el enemigo se equivoca, lo convierte en esencia. Si el enemigo acierta, lo ignora. La hinchada no busca verdad, busca confirmación. Y esa búsqueda de confirmación es el gran sedante del siglo, mucho más eficaz que cualquier opio antiguo. Sí, en España, hoy es la política, y no la religión, el verdadero opio del pueblo


En el campo del humor esto opera con una precisión cruel. El chiste político se ha vuelto el modo más rápido de decir yo pertenezco. No importa tanto la gracia, importa el guiño. El guiño dice yo soy de los tuyos. El problema es que cuando el humor se convierte en contraseña, pierde su filo liberador y se vuelve un instrumento de frontera. Se ríe para excluir. Se ríe para castigar. Se ríe para no escuchar. Y como todo esto se hace con risa, parece inocente. La risa, que debería abrir, se usa para cerrar. El país se siente ingenioso, y a veces lo es, pero paga ese ingenio con una pobreza, la dificultad para hablar de lo que duele sin convertirlo en consigna o en sarcasmo.


La pareja artista con izquierda y empresario con derecha es otra máscara de la misma pobreza. Es cómodo asignar a unos la conciencia y a otros la eficacia. Es cómodo repartir las virtudes como si fueran puestos de trabajo. Así el artista se compra un aura moral que lo libra de rendir cuentas, y el empresario se compra una aura pragmática que lo libra de hablar de culpa. Ambos se protegen. Ambos se simplifican. Ambos se convierten en caricatura. La cultura, en lugar de ser un lugar de exposición trágica, pasa a ser un altar de pureza. Y la economía, en lugar de ser un lugar de responsabilidad, pasa a ser una coartada de cinismo. Al final nadie queda completo, porque cada uno ha alquilado una parte de sí a un bando.


Lo más dañino de esta invasión no es que se discuta, pues discutir puede ser noble. Lo dañino es que la discusión se vuelva sustituto de la vida interior. La política lo es todo, se dice, y así ya no hace falta hablar de lo único que de verdad cuesta, el miedo, la vergüenza, el deseo, el fracaso, la culpa, la ternura, el amor, la amistad, la contradicción, la desesperanza, el anhelo. Es más fácil odiar al adversario que mirar la propia cobardía. Es más fácil indignarse contra un ministro que pedir perdón a un padre, o a un amigo. Es más fácil hablar del país que hablar de la propia casa. Y ese desplazamiento es el verdadero triunfo del reduccionismo sociologista, porque reduce el drama humano a posición, a interés, a bando, a estructura, y deja al sujeto sin acto, sin riesgo, sin esa interioridad que no se deja traducir.


    España además tiene una relación particular con la palabra. La palabra aquí no es solo comunicación, es combate. La retórica ha sido durante siglos un oficio nacional, por gloria y por necesidad. Cuando la vida material era dura, la palabra era un lujo y un arma. Cuando la autoridad era opaca, la palabra era resistencia. Cuando la censura apretaba, la palabra aprendía a insinuar. Esa tradición podría haber producido una cultura de matiz y de ironía delicada. A veces la produce. Pero también produce un vicio, la confusión entre hablar y hacer, entre opinar y actuar, entre ganar una conversación y vivir una verdad. La palabra se vuelve deporte, y la política se vuelve el estadio perfecto, porque permite competir sin tocar lo íntimo.


También hay una cuestión de religiosidad transmutada. Un país católico no solo hereda dogmas, hereda formas. Hereda el gusto por la ortodoxia y por la herejía. Hereda el placer de la condena. Hereda la dramaturgia del pecado. Cuando la religión pierde autoridad, esas formas no desaparecen, migran. Migran al partido, al periódico, al movimiento, a la causa. La causa se vuelve confesionario. La moral se vuelve línea. Y el mundo se divide en salvables y condenables con la misma facilidad con la que antes se dividía en fieles y extraviados. La política, como una suerte de teodicea civil, de religión laica, lo es así todo, porque la política ocupa el lugar del sentido. Y cuando el sentido se deposita en la política, el desacuerdo deja de ser desacuerdo y se convierte en blasfemia.


Lo trágico es que esta absorción se presenta como sofisticación. Se llama conciencia. Se llama compromiso. Se llama estar informado. Pero muchas veces es miedo al vacío. Miedo a la singularidad. Miedo a las propias contradicciones de uno mismo. Miedo a que la vida, sin un gran relato, parezca injustificable. Entonces se busca un relato. El relato más disponible es el político. Y así el individuo se ahorra una tarea dura, producir sentido sin garantía. En lugar de arriesgar interioridad, repite una posición. En lugar de encarnarse, se alinea. En lugar de escuchar lo opaco, se entrega a lo claro. Y lo claro, cuando se vuelve permanente, termina siendo una forma de ceguera.


Todo esto explica por qué la rueda no se detiene. La rueda no se detiene porque sirve. Sirve para pertenecer. Sirve para odiar con permiso. Sirve para sentirse bueno sin mejorar. Sirve para tener conversación sin verdad. Sirve para tener identidad sin obra. Sirve incluso para tener amistad sin intimidad, basta con estar de acuerdo. En ese sentido la política ha ocupado el lugar de la amistad cívica. Y cuando la amistad cívica se vuelve ideológica, el país queda condenado a una extraña soledad llena de ruido, cada cual rodeado de su bando, cada cual hablando mucho, cada cual sin ser tocado.


Pero hay otra España, menos visible, que no es la España del centro ni la España del meme. Es la España de la tarea concreta, del oficio, del cuidado, de la música que acompaña un duelo, del vecino que ayuda sin preguntar a quién votas. Esa España existe y no es minoritaria, solo es menos escandalosa. No produce espectáculo. No tiene tertulia. Tiene manos. Tiene calles. Tiene cuerpos que trabajan. Tiene familias que callan lo que no saben decir y aun así sostienen. Esa España es el antídoto, no porque sea pura, sino porque recuerda algo elemental, que lo político no puede ser todo porque el cuerpo no cabe en un parlamento, el amor no cabe en un escaño, la muerte no cabe en un argumentario, y el niño no aprende a vivir leyendo titulares.


Un país se vuelve tribal cuando confunde pertenencia con salvación. Y España confunde eso con facilidad porque la historia le enseñó que perder el bando podía ser perder la vida, perder el trabajo, perder la dignidad. Esa memoria opera incluso cuando ya no es literal. Queda como reflejo. Queda como exageración. Queda como teatralidad. Queda como esa necesidad de poner etiqueta antes de escuchar. De ahí que la política lo inunde todo, porque sigue funcionando como una tecnología de protección. Solo que protege mal, porque protege contra el otro y desprotege contra uno mismo. Al protegerte del adversario te robas la posibilidad de mirarte sin excusa.


Si uno quiere salir de esa inundación no basta con pedir moderación, la moderación suele ser un modo elegante de seguir igual. Hace falta otra cosa, una recuperación de la escala humana. Volver a distinguir entre la ciudad y el alma. Volver a poner límites al debate. Volver a aceptar que no todo es explicable por clase, por bando, por estructura. Volver a concederle al sujeto su derecho a no ser reducible. Volver a permitir que el arte no sea un carnet. Volver a permitir que el empresario no sea un villano de opereta. Volver a permitir que el humor no sea contraseña. Volver a permitir que la sobremesa sea sobremesa y no parlamento. Volver a permitir que la conversación familiar no sea una guerra civil en miniatura.


Quizá la ironía final sea esta, España cree que politizarlo todo es tomarse en serio, y a menudo es justo lo contrario, una manera de no tomarse en serio lo único que importa. Porque tomarse en serio a uno mismo no es insistir en tener razón, es atreverse a existir sin tribu como muleta, es asumir que la vida no se agota en una oposición, que la verdad no se vota, que el sufrimiento no se debate, que la ternura no se argumenta. Cuando un país logre decir eso sin vergüenza, lo político volverá a su tamaño real. Será importante. Será limitado. Será humano. Y entonces, por fin, la conversación podrá volver a ser lo que prometía ser desde el principio, un lugar donde la gente se encuentra, no una trinchera donde la gente se justifica.


Y es que la cuñadología opiniológico-tertuliana de sobremesa, en España, no es un género menor, es toda una institución. Es el modo en que una oralidad exuberante se defiende de su propia fragilidad. En la barra, en la sobremesa, en la reunión familiar, la palabra funciona como un músculo que se ejercita para demostrar pertenencia. Se habla como se camina en grupo, marcando el paso para no quedarse atrás, y para que el de al lado sepa que uno no viene desarmado. Eso tiene algo profundamente mediterráneo y a mí también me atrae, porque la oralidad es cuerpo, es presencia, es respiración compartida, es una manera de estar juntos sin pedir permiso a ninguna biblioteca. 


Pero la misma fuerza que hace cálida esa oralidad la vuelve peligrosa cuando la conversación deja de ser encuentro y se vuelve control.


    Y así, aquí hay un malentendido que conviene nombrar. Se suele confundir hablar mucho con tener mundo. Y el mundo no entra por la boca, entra por el trabajo lento de la atención. Un pueblo puede ser brillantísimo conversando y estar, al mismo tiempo, deshabitado de lectura. No lectura como pedantería, ni lectura como capital simbólico, sino lectura como disciplina de continuidad, como capacidad de sostener un hilo más allá del chispazo. 

Así, la cuñadología es una suerte de dialéctica sin memoria. Es energía sin archivo interior. Es una inteligencia de destello, rápida, ingeniosa, capaz de improvisar un juicio sobre cualquier cosa, pero incapaz de quedarse con una idea el tiempo suficiente como para que la idea le devuelva una pregunta incómoda.


Por eso tanta conversación tribal no es realmente debate, aunque se disfrace de debate. El verdadero pugilato intelectual exige reglas invisibles. Exige escuchar la tesis del otro hasta el final. Exige reconstruirla con justicia. Exige atacar el argumento y no el rostro. Exige aceptar perder una parte de la propia postura sin sentir que se pierde la dignidad. Eso es dificilísimo en un clima donde el honor social se juega a cada frase. En España, muchas veces, discutir no es buscar verdad, es evitar humillación. Y cuando el objetivo es evitar humillación, la interrupción se vuelve legítima, el volumen se vuelve mérito, el chiste se vuelve puñal, y la coherencia se sustituye por el golpe.


Hay que decirlo sin insulto y sin condescendencia. Esta forma de conversación es también una tecnología psicológica. Es una descarga de adrenalina. Es una manera de domesticar monstruos interiores sin mirarlos de frente. Lo que no se elabora en silencio se expulsa en la mesa. Lo que no se trabaja en terapia se dramatiza en opinión. Lo que no se llora se convierte en sarcasmo. Lo que no se admite como miedo se presenta como certeza política. Y entonces la discusión funciona como una válvula, uno sale de la sobremesa con la sensación de haber hecho algo, como quien sale de una pelea sin sangre visible y cree que ha ganado. Pero lo que ha ganado casi siempre es un sedante, la ilusión de control.


Ese sedante tiene un ingrediente que lo vuelve adictivo, el mapa. El conversacionalismo tribal no busca comprender al otro, busca ubicarlo. No pregunta qué piensas, pregunta de qué bando eres. No escucha el matiz, lo traduce a una etiqueta. Y como las etiquetas más disponibles en España siguen siendo las de la guerra civil, el diálogo se convierte en arqueología de trincheras. Se vive como si cada conversación fuese una reedición de las dos Españas, aunque hayan pasado generaciones y aunque el presente sea otro. La gente no discute para pensar, discute para confirmar el mito. Y el mito es cómodo, porque permite odiar sin esfuerzo, basta con señalar al otro como reencarnación de un fantasma histórico.


Lo perverso es que este mecanismo lo alimentan todos. Los de derechas y los de izquierdas. Los que se dicen pragmáticos y los que se dicen éticos. Los que se presentan como modernos y los que se presentan como tradicionales. Todos usan el mismo dispositivo, convertir la vida en un tablero de posiciones. En cuanto alguien intenta hablar desde un lugar no cartografiable, desde una interioridad que no se alinea, se le acusa de tibio, de cobarde, de privilegiado, de fascista encubierto o de progre sin confesión. La cuñadología opiniológico-tertuliana, en el fondo, odia a quien no se deja mapear, porque quien no se deja mapear amenaza el sistema entero. Si uno puede estar fuera del mapa y seguir siendo digno, entonces el mapa deja de ser salvación.


Y sin embargo, hay algo que conviene salvar de todo esto, la potencia de la oralidad. España tiene una tradición de palabra viva que es maravillosa cuando no se vuelve policía. La sobremesa puede ser inteligencia compartida. El bar puede ser teatro humano. La reunión familiar puede ser un lugar de memoria y de cuidado. El problema no es que se hable, el problema es el uso que se hace de la palabra. Una palabra puede ser hospitalidad o puede ser aduana. La cuñadología es la palabra aduana.


Cómo se supera sin caer en una fantasía europeizante, sin decir que la solución es parecerse a nadie, sin convertir el remedio en pedantería. Se supera recuperando una cosa muy española que hemos perdido, la conversación con oficio. Hubo un tiempo en que la tertulia, la buena tertulia, era una artesanía. No consistía en gritar, consistía en sostener el hilo. No consistía en etiquetar, consistía en afinar. No consistía en ganar, consistía en ver mejor. Esa artesanía no era académica, era mundana, pero exigía disciplina. Hoy hemos conservado la tertulia y hemos perdido el oficio. Hemos conservado el ruido y hemos perdido el oído.


El primer gesto de salida es humilde y muy corporal, bajar el volumen sin bajar la intensidad. No callarse, sino hablar más despacio. La velocidad es el aliado de la etiqueta. La lentitud es el aliado del matiz. Cuando uno fuerza la lentitud, aparece algo que la cuñadología detesta, la propia inseguridad. Aparece el no sé. Y el no sé, bien sostenido, es más valiente que cien consignas. Es un acto interior. Es lo contrario de la pertenencia automática. Es un modo de no mentirse.


El segundo gesto es convertir la conversación en relato antes que en juicio. En lugar de empezar por lo que piensas, empezar por lo que te pasó. No para psicologizarlo todo, sino para recordar que la política no cae del cielo, se encarna en biografías, en miedos, en oficios, en heridas. Cuando la conversación empieza por relato, el otro deja de ser bando y se vuelve cuerpo. Y cuando se vuelve cuerpo, ya no es tan fácil usarlo como diana. Esto no requiere libros, requiere honestidad. Y la honestidad es más revolucionaria que cualquier argumento perfecto.


El tercer gesto es reintroducir una lectura que no sea pedante y que no mate la oralidad, una lectura con mesa. Leer poco y bien, y luego hablar. No para citar, sino para obligarse a sostener una línea. Para obligarse a seguir un pensamiento más allá del golpe. Para entrenar la continuidad. Un país no lee más porque le falten libros, lee más cuando descubre que la lectura no es un lujo, es un modo de cuidar la mente de la intoxicación. Y esa lectura puede ser española, puede ser novela, puede ser poesía, puede ser ensayo breve, puede ser teatro, puede ser lo que sea, con tal de que obligue a habitar una frase entera.


Y luego, un gesto que parece menor pero es decisivo, pactar zonas de no política sin convertirlas en represión. No se trata de prohibir, se trata de proteger. Proteger la sobremesa como lugar de afecto. Proteger la familia como lugar donde no todo tiene que ser posición. Proteger el humor como lugar donde se puede reír sin declarar enemigos. Proteger el arte como lugar donde lo trágico no se reduce a consigna. Si un país no tiene espacios no politizados, la política se convierte en religión. Y toda religión que no admite descanso termina produciendo fanatismo, aunque se vista de ironía.


Al final, lo que hay que superar no es el interés por lo común, sino el hábito de usar lo común para no mirarse. La cuñadología opiniológico-tertuliana de sobremesa es una forma de exteriorizarlo todo para no tocar lo interior. Y al menos en mi propio caso, si sirve para algo decirlo, mi ontología, precisamente, pide lo contrario, interioridad como acto sin garantía. Eso exige un coraje que no se parece al coraje de gritar, se parece al coraje de quedarse. Quedarse en una pregunta. Quedarse en una duda. Quedarse en un afecto sin usarlo como arma. Quedarse en una conversación donde el otro no es un mapa sino un misterio. Cuando esa forma de estar vuelva a tener prestigio, cuando la lucidez deje de confundirse con sarcasmo y la inteligencia deje de confundirse con rapidez, la oralidad española seguirá viva, pero ya no será una trinchera. Será lo que siempre pudo ser, una música del estar juntos que no necesita guerra para sentirse real.


La posibilidad de lo apolítico también merece así y aquí una defensa, no como escapismo sino como higiene, porque en un clima donde todo pretende ser política, el acto más difícil puede ser rehusar la confiscación de la conciencia. Hay una violencia suave, muy moderna y muy española también, que consiste en exigir a cada persona una contraseña ideológica para concederle existencia moral. Si no te alineas eres sospechoso. Si no gritas eres cómplice. Si no votas eres irresponsable. Si no militas eres ingenuo o privilegiado. Es un chantaje que se presenta como civismo. Y conviene decirlo sin rodeos. Esa coacción no es profundidad democrática, es una forma nueva de clericalismo, solo que el cura se ha convertido en tertuliano y el catecismo en etiqueta.


Defender lo apolítico no es defender la indiferencia. La indiferencia es pereza, y la pereza también tiene consecuencias. Lo apolítico que merece defensa es otra cosa, es la negativa a reducir la vida moral a una taxonomía de bandos. Es la negativa a que la interioridad tenga que justificarse con un voto. Es la negativa a que el juicio se vuelva un gesto de tribu. En ese sentido lo apolítico no es ausencia de política, es rechazo de la política como absoluto. Es decirle a la polis, te reconozco, te debo cuidado, pero no te entregaré el alma entera, porque el alma entera, cuando se entrega a una causa, termina volviéndose herramienta, y una herramienta no es un sujeto.


En un país donde el eje izquierda derecha funciona como aduana de la dignidad, la abstención se trata como pecado. Pero la abstención puede ser también un acto, incluso un poder, un acto ascendente, un poder ascendente. No hablo del gesto cínico, el que no vota porque todo le da igual, hablo del gesto que no vota porque no concede legitimidad a una oferta que considera empobrecida, falsa o extorsiva. En un sistema donde se ha reducido lo político a una papeleta, la abstención puede ser una forma de recordar que el poder no es solo delegación, es también retirada. No todo poder consiste en participar. Hay un poder de no avalar. Hay un poder de no alimentar la máquina de la indignación. Hay un poder de negarse a que el gesto electoral sustituya al gesto moral. A veces, retirarse del teatro no es deserción, es negarse a que el teatro se convierta en mundo.


Lo apolítico, entendido así, no es una ideología. Es una frontera. Una frontera para que el yo no sea devorado. Una frontera para que el afecto no se convierta en argumento. Una frontera para que la vida concreta no quede subordinada al titular. Y esa frontera puede ser extraordinariamente cívica, porque obliga a buscar la política en su sentido más antiguo y menos espectacular, la política como vida en común, como cuidado de lo que está cerca, como responsabilidad por lo que se toca. Educar es política. Trabajar bien es política. Criar con dignidad es política. No porque todo sea política, sino porque la polis no se sostiene solo con decretos, se sostiene con hábitos, con oficios, con formas de hablar, con maneras de tratar al débil, con la forma en que uno paga una deuda, con la forma en que uno no humilla a quien depende de él. Esa es la política que no sale en tertulias y sin embargo decide el mundo.


Decir que todo es política es un reduccionismo que suele disfrazarse de conciencia. En realidad es una forma de absorberlo todo en una única lente, una lente que simplifica, que vuelve sospechoso lo íntimo, que convierte la amistad en alianza y el arte en propaganda. Pero decir que nada es política también es falso, porque en cuanto dos seres humanos comparten un espacio, ya hay una cuestión de justicia, de reparto, de límites. La posición que importa es otra, no todo es política, pero la política está en todo en la medida en que lo común atraviesa lo concreto. Y esa distinción, fina y nada cómoda, desborda por completo la taxonomía izquierda derecha. Porque izquierda y derecha son etiquetas útiles para el parlamento, pero torpes para el alma.


Por eso resulta tan pobre decir, "si eres apolítico eres de derechas". Es el tipo de acusación que se parece demasiado a una superstición. Confunde la falta de liturgia con la falta de moral. Confunde la retirada del partido con la retirada del mundo. Confunde la negativa a elegir entre opciones empobrecidas con el deseo de conservar privilegio. A veces es al revés. A veces el apolítico es quien no quiere que el privilegio de pertenecer a una tribu le ahorre la obligación de pensar. A veces el apolítico es quien se niega a odiar por encargo. A veces el apolítico es quien no quiere que su compasión sea administrada. Y sí, puede haber apoliticismo de comodidad. Pero también puede haber apoliticismo de lucidez.


Así, hay una paradoja que conviene salvar. La democracia se presenta como el régimen del ciudadano. Pero en su versión degradada puede convertirse en el régimen del consumidor de política. El ciudadano actúa, construye, sostiene. El consumidor comenta, se indigna, se alinea. El apolítico, en el sentido que defiendo aquí, intenta volver a ser ciudadano a costa de renunciar a ser consumidor. Renuncia a la satisfacción inmediata de opinar sobre todo. Renuncia a la adicción a la indignación. Renuncia incluso al placer tribal de sentirse correcto. Y en esa renuncia recupera una libertad antigua, la libertad de que su juicio no sea un reflejo.


No hay que idealizar tampoco. Abstenerse no salva a nadie por sí mismo. La abstención no es una religión inversa. Puede ser un gesto estéril si no va acompañado de vida concreta. Pero ahí está el punto, la vida concreta puede ser más política que mil votos. Cuidar un hijo con paciencia es un acto cívico de primer orden. Enseñar a leer a alguien es política, porque aumenta su libertad interior frente a la propaganda. Construir una obra, un oficio, una ética del trabajo bien hecho, es política, porque funda confianza. Hacer comunidad fuera del partido, en asociaciones, barrios, escuelas, música, amistad, es política, porque reconstruye lo común sin convertirlo en bando.


Y en este sentido, la defensa de lo apolítico no es una invitación a la apatía, sino una invitación a una política más profunda y menos visible. Una política que no grita. Una política que no se exhibe. Una política que no necesita aplauso. Una política que no exige pureza. Una política que admite el misterio del otro. Una política que sabe que hay cosas que no se votan, el amor, la amistad, la piedad, la ternura, la lealtad, la vergüenza. Y precisamente porque sabe eso, no permite que el voto las sustituya.


Lo apolítico que defiendo, así y aquí, es un refugio, sí, pero no un refugio cobarde. Es un refugio para la interioridad como acto sin garantía. Para que el yo no sea disuelto en la consigna. Para que la vida no sea colonizada por la taxonomía. Para que uno pueda seguir viviendo con dignidad sin que le exijan elegir entre dos caricaturas. No es de derechas ni de izquierdas, porque no juega en ese tablero. Es anterior. Es más viejo. Es la afirmación de que una vida humana no cabe en un eje, y de que la polis se sostiene mejor cuando algunos se niegan a convertirla en religión.



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