... lo liso ...



    Nuestra época no se define tanto por lo que afirma como por lo que evita. Hay en ella una inercia, una inclinación persistente hacia la lisura, hacia lo liso, hacia la eliminación de toda arista, toda porosidad, toda granulosidad, opacidad, ambigüedad, polisemanticidad, que pudiera interrumpir la circulación continua de los afectos y de las formas. No se trata simplemente de una preferencia estética, sino de una mutación más honda, casi imperceptible por su propia ubicuidad, en la que lo real es progresivamente sustituido por su superficie disponible. La experiencia deja de ser un acontecimiento para convertirse en una zona de tránsito, una textura sin resistencia.

    Esta lisura no es inocente. Se construye sobre una renuncia sistemática a la tragedia, que yo personalmente entiendo no como dramatismo superficial, sino como estructura constitutiva de lo humano. La tragedia no es el exceso de dolor, sino la presencia irreductible de la contradicción, del límite, de la paradoja, del conflicto entre fuerzas que no pueden reconciliarse sin pérdida. Cuando esa dimensión es negada, no desaparece, sino que se disuelve en una proliferación de sustitutos, a saber, intensidades sin consecuencia, emociones sin espesor, gestos sin destino. La vida continúa, pero lo hace en un régimen de amortiguación permanente.

    En ese contexto, la negatividad, que antes operaba como motor de transformación, se convierte en un simulacro. La denuncia prolifera, pero rara vez hiere. Hay una libido denunciandi que no busca atravesar lo real, sino circular dentro de él como un signo más. Denunciar deja de ser un acto de riesgo para convertirse en una forma de pertenencia. El juicio ya no se dirige a lo que resiste, sino a lo que confirma. Se denuncia para ser reconocido como quien denuncia. La acusación no apunta a una alteridad efectiva, sino que se inscribe en un circuito de reafirmación donde cada gesto refuerza la identidad de quien lo emite.

    Así, la disidencia misma se vuelve performativa. No se ejerce contra un orden que la excluye, sino dentro de un sistema que la necesita como uno de sus lenguajes. La oposición deja de ser exterioridad para convertirse en función. Se protesta, se señala, se rechaza, pero todo ello ocurre en un espacio previamente delimitado, donde el gesto ha sido anticipado y, en cierto modo, solicitado. La disidencia se institucionaliza sin dejar de parecer rebelión. Es una rebelión sin afuera, una rebelión de confort que no exige atravesar ninguna pérdida real.

    Esta teatralización de la moral (en el sentido peyorativo del teatro, de la apariencia) produce un fenómeno aún más sutil. La virtud se vuelve visible, cuantificable, intercambiable. No se trata de ser, sino de mostrar que se es. Cada gesto ético se ofrece como signo, cada toma de posición como una inscripción en el espacio común de la mirada. La moralidad se despliega como escena, y en esa escena lo importante no es la verdad del acto, sino su legibilidad. La virtud necesita ser vista para existir. Y en ese tránsito, se desliza hacia un tipo de formalismo en el que la parte se absolutiza y se separa del todo que la sostenía.

    Porque toda forma, para ser verdadera, debe nacer de una necesidad que la excede. Cuando esa necesidad desaparece, la forma permanece, pero vaciada de su impulso originario. El gesto subsiste, pero ya no remite a ninguna tensión que lo justifique. Se convierte en un signo autónomo, repetible, intercambiable. Es entonces cuando la expresión deja de ser encarnación y se vuelve decoración. Un gesto sin anclaje ontológico es un gesto que no arriesga nada, que no compromete al cuerpo ni al tiempo, que no abre ninguna posibilidad de transformación.

    Lo mismo ocurre con el arte, con la política, con el discurso. La proliferación de formas no indica necesariamente vitalidad, sino a menudo lo contrario. Cuando todo puede ser dicho, mostrado, performado, sin resistencia, sin límite, sin conflicto, lo que se pierde es precisamente aquello que hacía necesaria la aparición. La abundancia de expresión puede coexistir con una pobreza radical de sentido. No porque falten signos, sino porque ninguno de ellos está sostenido por una experiencia que los haga inevitables.

    En este régimen, la distinción entre lo real y su representación se vuelve cada vez más tenue. No porque la representación haya triunfado sobre lo real, sino porque lo real mismo ha sido reconfigurado para adaptarse a las condiciones de su visibilidad. Lo que no puede ser mostrado tiende a desaparecer, o al menos a perder relevancia. Y así, la experiencia se organiza en función de su posible inscripción en el espacio público de la mirada, donde cada acontecimiento debe ser inmediatamente traducible en signo.

    Pero el problema es que lo humano no se agota en lo visible. Hay en él una dimensión que resiste toda captura, que no puede ser completamente articulada ni compartida. Esa zona, que podría llamarse interioridad, o quizá simplemente espesor, densidad, es la que permite que algo ocurra de verdad. No como espectáculo, no como performance, sino como transformación efectiva. Allí donde hay riesgo, donde hay pérdida, donde hay conflicto no resuelto, allí aparece algo que no puede ser reducido a gesto.

    La tarea, entonces, no consiste en oponerse a la época desde una exterioridad ilusoria, ni en refugiarse en una nostalgia igualmente estéril. Consiste en reintroducir la densidad allí donde todo tiende a alisarse. En sostener la diferencia sin convertirla en espectáculo. En permitir que el gesto vuelva a ser consecuencia de una necesidad, y no su sustituto. En aceptar que no todo puede ser reconciliado, que no todo puede ser integrado sin resto.

    Porque es en ese resto, en esa resistencia, donde todavía puede tener lugar algo así como un acontecimiento. No como excepción espectacular, sino como irrupción silenciosa de lo que no estaba previsto. Y quizá sea ahí, en esa interrupción mínima, donde lo humano encuentra todavía una forma de persistir sin disolverse en la transparencia general.

    Por decirlo de otro modo, hay también hoy, por todo esto, una transformación silenciosa en la relación entre cuerpo y forma. El cuerpo ya no es el lugar donde la forma se conquista, sino el soporte donde se exhibe. Se ha invertido la dirección. Antes, el gesto nacía de una tensión interna que lo empujaba hacia afuera, ahora el gesto se ensaya desde fuera hacia dentro, como si la exterioridad dictara las condiciones de la interioridad. El cuerpo aprende a parecer antes que a ser.

    En ese desplazamiento, la respiración misma se altera. No en su mecánica, sino en su sentido. Respirar ya no es abrirse a lo que excede, sino sostener una presencia constante en el plano visible. Se respira para no desaparecer del campo de la mirada. La pausa pierde su densidad, el silencio su espesor. Y sin pausa ni silencio, el tiempo deja de articularse como experiencia y se convierte en una superficie continua.

    La continuidad es, en efecto, otro de los signos de esta época. No hay ruptura, no hay corte, no hay hiato. Todo fluye, todo conecta, todo se integra. Pero ese flujo no es vida, sino circulación. La vida necesita interrupción, necesita fricción, necesita incluso fracaso. Sin eso, no hay transformación, solo desplazamiento. Se pasa de una forma a otra sin atravesar ninguna.

    Por eso la repetición ha cambiado de estatuto. Ya no es trabajo, ni insistencia, ni retorno fecundo. Es redundancia. Se repiten los gestos, las palabras, las posiciones, pero no para profundizar, sino para mantenerse dentro del circuito. La repetición no busca abrir, sino asegurar. Es una repetición sin memoria, sin acumulación, sin herida.

    En ese contexto, la memoria misma se vuelve problemática. No porque haya desaparecido, sino porque ha sido externalizada. Se recuerda hacia afuera, en archivos, en registros, en dispositivos. Pero esa memoria no transforma, no hiere, no obliga. Es una memoria disponible, no una memoria vivida. Y sin memoria vivida, no hay historia, solo archivo.

    La historia, entendida como campo de tensión entre pasado y futuro, se disuelve en una simultaneidad indiferente. Todo está presente, pero nada pesa. El pasado no interpela, el futuro no exige. Se vive en un presente expandido que absorbe toda temporalidad. Y en ese presente, el acontecimiento pierde su carácter de irrupción para convertirse en actualización.

    Actualizar no es lo mismo que acontecer. Actualizar es poner al día lo ya sabido, lo ya esperado, lo ya integrado. Acontecer, en cambio, implica la aparición de algo que no estaba contenido en lo anterior. Pero cuando todo está ya anticipado, cuando todo tiene su lugar en el sistema de visibilidad, el acontecimiento se vuelve imposible. Solo quedan variaciones.

    Esa imposibilidad del acontecimiento afecta directamente al lenguaje. Las palabras siguen circulando, incluso proliferan, pero su capacidad de decir se debilita. No porque hayan perdido significado, sino porque han perdido necesidad. Se habla mucho, pero no porque haya algo que decir, sino porque el hablar mismo se ha convertido en una función autónoma.

    El lenguaje, separado de la necesidad, se convierte en instrumento de regulación. No regula desde la ley, sino desde la expectativa. Se sabe qué se puede decir, cómo decirlo, cuándo decirlo. No hay censura explícita, pero sí una modulación constante que orienta el discurso hacia formas reconocibles. El decir se adapta antes de arriesgarse.

    Y sin riesgo, el decir no transforma. Puede comunicar, puede informar, puede incluso emocionar, pero no altera. No atraviesa. No modifica la posición de quien habla ni de quien escucha. Es un decir sin consecuencias, un decir que se agota en su propia emisión. Y en ese agotamiento, el lenguaje pierde su dimensión performativa en el sentido fuerte.

    La performatividad, en su sentido originario, implicaba que decir era hacer. Que la palabra podía inaugurar una realidad. Pero cuando todo decir está ya previsto, cuando todo enunciado se inscribe en un marco que lo neutraliza, la performatividad se vuelve simulada. Se actúa el acto, pero no se realiza.

    Esto se ve con claridad en la proliferación de declaraciones que buscan producir efectos sin asumir las condiciones de esos efectos. Se afirma, se condena, se celebra, pero sin atravesar el proceso que haría de ese decir una transformación efectiva. El acto se reduce a su enunciación.

    En ese punto, la distancia entre intención y efecto se vuelve estructural. No es que las intenciones sean falsas, sino que están desconectadas de los procesos que podrían realizarlas. Se desea el bien, pero no se habita el conflicto que ese bien implicaría. Se quiere transformar, pero sin atravesar la negatividad que toda transformación exige.

    La negatividad, expulsada del horizonte, reaparece entonces como malestar difuso. No como conflicto articulado, sino como incomodidad sin objeto. Se siente que algo falta, pero no se sabe qué. Se percibe una insatisfacción, pero no se la puede nombrar. Y al no poder nombrarla, se la gestiona, se la desplaza, se la neutraliza.

    Esa neutralización adopta muchas formas, pero todas comparten una misma lógica, a saber,  evitar la confrontación con lo que no encaja. Se suaviza, se relativiza, se integra. Todo puede ser comprendido, todo puede ser incluido, todo puede ser traducido. Pero en esa inclusión total, lo que se pierde es precisamente la alteridad.

    Sin alteridad, no hay relación. Solo hay reflejo. El otro no aparece como otro, sino como variación de lo mismo. Se lo reconoce en la medida en que confirma, se lo rechaza en la medida en que desborda. Pero ese rechazo no se articula como conflicto, sino como exclusión silenciosa o como reabsorción simbólica.

    La relación, entonces, se empobrece. No porque desaparezca, sino porque pierde su capacidad de transformación. Relacionarse deja de ser exponerse a lo otro para convertirse en coordinarse con lo semejante. Se establece una armonía superficial que evita el choque, pero también el crecimiento.

    Vivir, en su sentido fuerte, implica atravesar zonas de incomodidad, de incertidumbre, de pérdida. Implica no saber, no controlar, no dominar. Pero en un entorno que privilegia la previsibilidad, esas zonas son evitadas o rápidamente reconducidas. Se aprende a moverse dentro de lo conocido.

    Esa movilidad dentro de lo conocido genera una ilusión de apertura. Se viaja, se explora, se experimenta, pero siempre dentro de un marco que garantiza la continuidad. No hay verdadero descentramiento, sino desplazamiento controlado. Se cambia de lugar sin cambiar de posición.

    La posición, en este sentido, se vuelve fija en su movilidad. Se puede variar en los gestos, en los discursos, en las afiliaciones, pero sin alterar el punto desde el cual se opera. Es una plasticidad sin transformación, una adaptabilidad sin metamorfosis.

    Frente a todo esto, la cuestión no es recuperar una forma anterior, ni reinstaurar una jerarquía perdida. No se trata de oponer rigidez a lisura, ni tragedia a ligereza. Se trata de reabrir la posibilidad de que algo ocurra de verdad. De que el gesto vuelva a estar cargado de necesidad. De que la palabra vuelva a comprometer.

    Eso implica aceptar que no todo puede ser integrado, que no todo puede ser suavizado. Implica tolerar la fricción, el conflicto, la diferencia. No como valores en sí, sino como condiciones de posibilidad de lo vivo. Porque lo vivo no es lo que fluye sin resistencia, sino lo que se transforma al atravesarla.

    Y quizá sea en esa disposición a no resolverlo todo donde pueda emerger una forma distinta de presencia. No como afirmación total, sino como atención a lo que insiste, a lo que no encaja, a lo que no se deja decir fácilmente. Una presencia que no busca dominar ni desaparecer, sino habitar el entre.

    Ese entre, ese intervalo, ese espacio de no coincidencia, es donde todavía puede tener lugar algo que no esté ya previsto. No como ruptura espectacular, sino como desplazamiento real. Como una modificación en la manera de estar, de decir, de hacer. Y en esa modificación, por mínima que sea, se juega la posibilidad de que lo humano no se disuelva del todo en la transparencia de su propia representación.

    Y es precisamente en ese punto donde conviene detenerse en uno de los dispositivos lingüísticos más reveladores de esta clausura. Porque si ese “entre” es el lugar donde algo podría todavía ocurrir, también es el lugar que con mayor rapidez se intenta neutralizar mediante formas de nombrar que simplifican lo que en sí es complejo. Nuestra época no solo evita el conflicto, sino que lo traduce de inmediato a categorías que lo hacen gestionable, inofensivo, reconocible. De ahí que ciertas palabras, aparentemente descriptivas, funcionen en realidad como operadores de cierre. Entre ellas, pocas resultan tan sintomáticas como el uso contemporáneo de “tóxico”.

    Hay palabras que no describen nada, que son flatus vocii, pero que operan sin ceasar. No iluminan ninguna experiencia, sino que de hecho, clausuran casi todas. “Tóxico” se ha convertido en una de estas palabras. Su increible eficacia no reside en su precisión, sino en su capacidad de sellar un juicio sin resto. Nombrar algo como tóxico no abre una indagación, sino que la cancela de inmediato, desde el principio. Introduce una asimetría en la que quien nombra se sitúa fuera de aquello que nombra, como si la designación lo purificara de antemano.

    Esta palabra funciona como una herramienta de simplificación radical en un mundo que ha decidido evitar la complejidad del conflicto. Allí donde antes había tensiones, ambivalencias, zonas de sombra, ahora se traza una línea nítida que separa lo sano de lo dañino, lo aceptable de lo excluible. Pero esa nitidez es engañosa. No procede de una mayor claridad, sino de una reducción. Lo que no se comprende se etiqueta, y al etiquetarlo se vuelve manejable.

    En esa operación, la negatividad deja de ser una dimensión constitutiva de la relación para convertirse en un atributo externo que puede ser eliminado. El otro no es alguien con quien se entra en conflicto, sino alguien que “es tóxico”. La diferencia se patologiza. Y al patologizarla, se la convierte en algo que no debe ser atravesado, sino absolutamente evitado, a toda costa. Se pierde así la posibilidad de que el conflicto, el error, el sufrimiento, opere como lugar de transformación.

    El uso indiscriminado de “tóxico” revela, por tanto, una dificultad creciente para sostener la incomodidad, para soportar el sufrimiento. No se tolera el roce, la fricción, la disonancia. Todo aquello que perturba la lisura de la experiencia es rápidamente identificado como nocivo. Pero lo nocivo no siempre es lo que duele. Hay dolores que abren, que desplazan, que obligan a pensar. Al eliminar todo lo que hiere, se elimina también la posibilidad de que algo cambie.

    Esta lógica se inscribe en la teatralización de la moral de la que he hablado antes. Llamar “tóxico” a algo o a alguien no solo describe una supuesta realidad, sino que produce un efecto de posicionamiento. Se muestra que se sabe distinguir, que se pertenece al lado correcto, que se posee una sensibilidad afinada. La palabra funciona como un signo de virtud, como una marca de pertenencia a un régimen de inteligibilidad compartido.

    Pero esa virtud es performativa en el sentido más superficial del término. No implica necesariamente una transformación del sujeto, sino una adecuación a un código. Se aprende a reconocer lo que debe ser nombrado como tóxico, se aprende a señalarlo, a evitarlo, a denunciarlo. Y en ese aprendizaje, el juicio se automatiza. Ya no se evalúa desde una experiencia singular, sino desde una suerte de plantilla.

    La plantilla tiene la ventaja de ofrecer seguridad. Permite actuar sin dudar, sin exponerse, sin arriesgarse a equivocarse. Pero esa seguridad tiene un coste. Al sustituir la experiencia por la categoría, se pierde la capacidad de discernimiento. No se trata de negar que existan relaciones dañinas, sino de señalar que su comprensión exige algo más que una etiqueta. Exige tiempo, atención, implicación.

    Además, la noción de toxicidad tiende a fijar al otro en una identidad cerrada. No se dice que alguien actúa de forma dañina en determinadas circunstancias, sino que “es tóxico”. Esa ontologización del defecto impide cualquier proceso de transformación. Si el otro es esencialmente tóxico, no hay nada que hacer con él salvo apartarlo. Se clausura la posibilidad de devenir.

    Esta clausura se articula con una economía afectiva que privilegia la autoprotección por encima de la exposición. Se trata de evitar todo aquello que pueda perturbar el equilibrio. Pero ese equilibrio es frágil, porque no ha sido conquistado, sino preservado. No se ha atravesado la dificultad, se la ha esquivado. Y lo que se esquiva no desaparece, se desplaza.

    En última instancia, el uso de “tóxico” como categoría dominante refleja nuestra dificultad, de nuevo, para habitar el entre, ese espacio donde las relaciones no están dadas de antemano, donde hay que negociar, escuchar, confrontar. En lugar de sostener ese espacio, se lo sustituye por una lógica de exclusión inmediata. Se gana en supuesta claridad, pero se pierde en espesor ontológico. Y sin espesor, lo humano se empobrece, porque deja de ser un lugar de encuentro conflictivo para convertirse en una serie de superficies que se evitan o se confirman mutuamente.

    En este sentido, la palabra tóxico y su uso hoy apunte a toda una paradoja que atraviesa silenciosamente nuestra época. La pasión no ha desaparecido, pero ha sido desplazada. Ya no se tolera allí donde implica riesgo, exposición o entrega, y sin embargo reaparece con una intensidad casi delirante en los espacios donde se vuelve incuestionable, donde no admite réplica, esto es, en la religión y en la política. La pasión ha sido expulsada de la vida ordinaria y confinada en territorios donde se absolutiza.

    En las relaciones, por ejemplo, la pasión se ha vuelto sospechosa. Se la asocia con dependencia, con pérdida de control, con desbordamiento. Amar intensamente comienza a parecer un síntoma más que una posibilidad. Se prefiere una forma de vínculo regulado, consciente, equilibrado, donde nada exceda demasiado. Pero en esa regulación, lo que se pierde no es el exceso banal, sino la posibilidad de que el encuentro transforme a quienes se encuentran.

    Lo mismo ocurre en el arte. La pasión, entendida como necesidad interna que empuja a la forma, es reemplazada por una producción constante que rara vez se arriesga a fracasar. Se crea, sí, pero dentro de marcos donde la intensidad está dosificada, donde la forma no nace de una urgencia sino de una adecuación. El gesto artístico ya no arde, sino que meramente circula.

    En ese desplazamiento, la pasión se convierte en un problema de gestión. Se la contiene, se la analiza, se la traduce en términos psicológicos o sociales. Se busca comprenderla antes de atravesarla. Y al hacerlo, se la neutraliza. La pasión deja de ser una fuerza que arrastra para convertirse en un objeto de discurso que se puede observar sin implicarse.

    Sin embargo, insisto, esa misma pasión que se vuelve inaceptable en el ámbito de lo íntimo o lo creativo, reaparece con fuerza en los territorios donde se estructura como certeza. En ciertos fanatismos, políticos o religiosos, la intensidad no solo es permitida, sino exigida. Allí la pasión encuentra un cauce porque no necesita enfrentarse a la ambigüedad.

    La razón es clara. La pasión verdadera implica una exposición a lo incierto, a lo que no puede ser completamente dominado. Pero en los sistemas cerrados, auto-explicativos, esa incertidumbre desaparece. La entrega se dirige hacia una verdad ya dada, hacia una causa que no se discute. La pasión se vuelve entonces segura, porque no tiene que atravesar la duda.

    En este sentido, lo que hoy se admite no es la pasión, sino su simulacro estabilizado. Una intensidad que no transforma, sino que reafirma. Que no abre, sino que cierra. Se puede ser apasionado, siempre que esa pasión no cuestione el marco que la contiene. Siempre que no introduzca una fisura en la lisura del sistema.

    Esto genera una escisión profunda. Por un lado, una vida cotidiana donde la intensidad se evita, donde todo debe mantenerse dentro de ciertos márgenes. Por otro, espacios de radicalización donde la intensidad se concentra y se exacerba. Entre ambos, casi no hay tránsito posible. La pasión ya no circula, se acumula.

    Esa acumulación tiene consecuencias. Lo que no se vive en un ámbito reaparece en otro, a menudo de forma distorsionada. La imposibilidad de sostener la intensidad en lo cercano, lo familiar, en lo concreto, en lo relacional, hace que se proyecte hacia lo abstracto, hacia lo ideológico, hacia lo total. Se ama poco a las personas y demasiado a las ideas.

    Pero una pasión que no atraviesa lo concreto pierde su verdad. Se convierte en adhesión, en fervor, en identificación. No hay en ella el trabajo de la relación, ni el desgaste del tiempo, ni la resistencia del otro. Es una pasión sin cuerpo, sin límite, sin herida. Y precisamente por eso, puede volverse ilimitada.

    Recuperar la pasión no significa glorificar el exceso banal (aunque sí el poético) ni negar la necesidad de forma. Significa permitir que la intensidad vuelva a habitar los lugares donde puede transformar de verdad, a saber, el encuentro con el otro, el trabajo con la forma, la experiencia del tiempo. Significa aceptar que lo que importa no puede ser completamente gestionado.

    Porque allí donde la pasión vuelve a ser posible, algo se arriesga. No como espectáculo ni como afirmación, sino como exposición. Y en esa exposición, lo humano recupera una dimensión que no puede ser sustituida por ninguna regulación ni por ningún sistema de certezas. Una dimensión en la que vivir no es simplemente mantenerse, sino dejarse afectar hasta el punto de cambiar...


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